En mi última guardia visité a una niña de 8 años que presentaba dolor abdominal. El dolor parecía haberse iniciado de forma larvada en las horas previas a la consulta y no parecía asociarse con nada ni con otros síntomas que fueran alarmantes. La exploración fue normal. Hasta aquí nada fuera de lo habitual, si no fuera porque una semana antes había visitado a la misma niña por el mismo cuadro. Casualmente las dos visitas fueron el mismo día de la semana y a la misma hora aproximadamente. Y en las dos ocasiones coincidía con el momento de entrar a realizar una actividad extraescolar.En una ocasión y en la otra no le realicé ninguna exploración complementaria. Sin embargo si los síntomas hubiesen sido más repetidos o no se hubiera dado esa coincidencia en horario, quizá el planteamiento hubiera sido diferente.
La madre de la niña, un poco en confidencia, me comentó que creía que podía estar relacionado con no tener ganas de acudir a la actividad extraescolar y que además la familia estaba pasando por una situación económica difícil que hacía que las relaciones familiares estuvieran un poco tensas. Posteriormente los síntomas, que parecían tan intensos, se acabaron evaporando en las dos ocasiones.
Ante este tipo de consultas, a los médicos nos entran dudas. Primero porque siempre intentamos descartar que el trastorno sea orgánico, pues es más fácil de explicar y muchas veces de tratar. Y segundo porque el abordaje de problemas en los que puede haber un factor psicológico siempre es más peliagudo, sobretodo dependiendo de la percepción que tenga la familia del problema.
Los trastornos somatomorfos o por somatización llegan a ser en los niños, muchas veces tan frecuentes como en los adultos. Suelen ser niños (y mucho más frecuentemente niñas) cercanos a, o en la adolescencia (es decir cuanto más pequeño menos probable). Este tipo de trastornos originan una serie de síntomas físicos que sugieren una enfermedad médica, aunque no se encuentran hallazgos orgánicos o mecanismos fisiológicos que la demuestren. Es importante resaltar que la producción de síntomas es involuntaria a diferencia de los que fingen un síntoma, de forma que si por ejemplo expresan dolor, les duele de verdad y no es que nos estén mintiendo.
Esto muchas veces es el quid de la cuestión y lo que causa el desacuerdo con las familias: la dificultad para expresar que sí, que nos creemos que le duele y que hay que hacer lo posible para mejorar los síntomas, pero que no, que no es necesario buscar más causas por las que ello ocurre. Porque en ocasiones, el hecho de buscar y buscar, lo único que hará es empeorar el motivo de consulta ya que todo el mundo: médico, paciente y familia, acaba pensando que "algo hay que encontrar".
Todo esto lo digo con la máxima prudencia, porque bien es cierto que hay ocasiones en las que se atribuyen a causas psicológicas dolencias que a veces no lo son.
En cuanto a los trastornos somatomorfos hay diversos tipos, algunos muy espectaculares como los trastornos de conversión, donde aparecen síntomas de tipo neurológico, o los más frecuentes en niños, que son los trastornos por dolor (típicamente cefalea o dolor abdominal). También está en este grupo de patología la hipocondría, muy frecuente en la población general.
La importancia de saber que estamos ante un trastorno de este tipo viene marcada por cómo hay que abordarlo. El dolor abdominal de una apendicitis se quita operando, el dolor abdominal de un estreñimiento se quita c..... - ejem- ya sabéis cómo y el dolor abdominal somático se quita abordando la preocupación que tiene esa persona. Si no aceptamos el origen (y muchas veces puede no ser tan evidente, todo puede ir "aparentemente bien"), difícilmente seremos capaces de solucionarlo de forma efectiva. Y en todos los casos, padres y pediatras debemos ser cómplices.
¡¡Buen fin de semana de carnaval!!
4 comentarios:
me encanta como lo has explicado. interesantisimo!
Querida Amalia:
Soy una recién llegada a tu blog, pero he de decirte que es sencillo, útil y, sobre todo, muy agradable saber que alguien está compartiendo su conocimiento y su experiencia de forma desinteresada y en beneficio de tanta gente. Mil gracias!!!
Los trastornos somatomorfos son siempre muy peliagudos, y es que resulta difícil sobre todo decirle a alguien (en tu caso a los padres) que lo que tiene es una cuestión mental. La patología mental, incluido la psicosomática, que parece que con tanto vox populi sobre el estrés debería estar más aceptada socialmente, tiene un estigma horroroso encima; y automáticamente la gente reacciona con el "yo no estoy loco" o "mi niña no está loca".
Pero es que nadie está exento de emociones, y nadie puede alardear de una invulnerabilidad ante las condiciones psicosociales externas, menos aún un niño.
Si a esto le añades que muchas veces parece que la gente es incapaz de confiar en alguien que le dice que no hay motivos para preocuparse por nada orgánico (también por evitar bajo cualquier concepto el estigma de meter a la psique de por medio); y que a uno también le da miedo estar atribuyendo a ese territorio ignoto que es la mente algo que, en un caso desafortunado, pudiera llevar a situaciones más graves, pues aparecen situaciones muy farragosas.
*Suspiro* Pero así es la Medicina. Te obliga a convivir con la incertidumbre.
Las cosas que más complejas me resultan de la Pediatría son la mayor inespecificidad sintomática y las diferencias de la psicología del niño respecto a la del adulto.
Recuerdo haber estudiado en Pediatría la complejidad del "dolor abdominal recurrente pediátrico" y la dificultad para separar las causas orgánicas de las psicológicas.
¡Qué especialidad la tuya!
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