
A mediados de septiembre la revista Pediatrics -la revista científica oficial de la Academia Americana de Pediatría- publicó un artículo bien curioso sobre los efectos de la televisión en los niños preescolares. A muchos médicos tuiteros nos llamó la atención, quizá porque para el estudio y el posterior análisis en el que se basa el artículo utilizan dibujos del archiconocido - entre padres recientes- Bob Esponja.
El estudio parte de la base de que los niños americanos en edad preescolar ven más de 90 minutos al día de televisión (no creo que nuestras cifras sean muy diferentes) y son abundantes los estudios que correlacionan este dato con déficits en las funciones ejecutivas como la atención, la memoria o la resolución de problemas. Obviamente un detrimento de estas funciones conlleva una peor función social y cognitiva y en consecuencia un peor rendimiento escolar. Parece estar bastante estudiado que incluso viendo periodos cortos de televisión desciende el nivel de alerta (ojo, también en adultos).

A partir de estos datos diseñan un estudio en el que quieren valorar qué ocurre con estas funciones ejecutivas en función del tipo de televisión que ven los niños. Partiendo de un grupo de 60 niños de 4 años los dividen en 3 grupos. 20 de ellos verán durante 9 minutos un episodio de un capítulo de unos dibujos animados que ellos califican como fast-paced (episodios cortos en los que la historia tiene una resolución), 20 verán durante 9 minutos dibujos animados low-paced (más duraderos) de carácter educativo y los 20 restantes no verán televisión sinó que pasarán esos 9 minutos dibujando. El primer grupo ve un episodio de Bob Esponja.
Posteriormente les aplican a los niños una serie de tests para medir las funciones ejecutivas y los que han visto Bob Esponja, obtienen peores puntuaciones que los otros dos grupos.
Resulta un estudio bastante curioso y que bajo mi punto de vista hay que leer con espíritu crítico (por mucho que Pediatrics sea "la biblia de la pediatría") primero porque la muestra utilizada es muy pequeña, segundo porque estos supuestos "déficits" no se sabe si se mantienen ni si tienen repercusión y tercero porque tampoco se sabe qué ocurre en otras edades. Los autores argumentan que posiblemente el hecho de que los eventos fantásticos se combinen en un episodio corto absorben la atención del niño en mayor grado (quedando después un poco "aletargados"), mientras que en episodios más largos o con carácter más educativo, la atención se mantiene de otra manera.
Aparte de la anécdota sobre el pobre Bob Esponja, es cierto que sería bueno que controláramos el tiempo de televisión que ven nuestros hijos, así como su contenido. Y digo pobre Bob Esponja, porque a mí el muñeco en cuestión me cae fenomenal. No es muy listo que digamos, pero es un buen amigo, trabajador y no ve maldad en sus coetáneos. Y me cae bien teniendo especialmente en cuenta la competencia cómo cotiza. Hay series infumables -tanto de dibujos como de adolescentes deslenguados- que los niños devoran con avidez y que estoy segura que no sólo modifican su rendimiento intelectual sino su socialización, su forma de hablar y de entender la vida (se es famoso o popular o no se es nada). Por este motivo, aunque Pediatrics lo ponga un poco verde, prefiero a Bob Esponja que a la mayoría de programación del Disney Channel. De hecho mis hijas saben que este último canal está prohibido -y a temporadas sin sintonizar- salvo para ver Phineas y Ferb.














