jueves, 28 de octubre de 2010

Comunicación con el pediatra


Me ha llamado la atención un artículo recién leído en Bebés y más, titulado Comunicarse con el pediatra. Expresa muy bien las sensaciones que tienen muchos padres recientes cuando quisieran consultarle algún tema a su médico y tienen dificultades para la comunicación. De hecho no pocas veces en Urgencias recibimos a pacientes que no son urgentes y que en muchos casos lo que ha pasado es que su pediatra habitual no está disponible para resolver el problema de salud que se presente o las dudas que asalten.

La autora del propio artículo hace un ejercicio de empatía refiriéndose a que a pesar de percibir esta carencia, entiende que los pediatras no estemos disponibles 24 horas al día, 7 días a la semana. Pues por muy vocacional que sea ser médico y por muy implicados que estemos con nuestra profesión, tenemos vida propia y otros asuntos que atender. Yo soy la primera que intento desconectar cuando no estoy trabajando. Me parece bastante sano para mi salud y para poder atender correctamente a mi familia.


Habría bastantes otros temas a comentar...Aunque actualmente trabajo en Urgencias y soy pediatra de nadie y a la vez puntualmente de muchos, en alguna temporada he atendido alguna consulta.


En primer lugar creo firmemente que un pediatra tiene que ser bastante accesible. Los modelos de pediatra que visita sólo unas cuantas horas por semana no me acaban de convencer. Seguramente para las revisiones cuando todo va bien es un modelo válido, pero para cuando surge algún problema, claramente no.
En mi caso, siempre atendía a los niños que venían con alguna urgencia, a pesar de que la visita no fuera programada o lo fuera a última hora sobrecargándome la tarde. Creo que parte de la fidelidad a la familia consiste en eso: si ves asiduamente a un niño, lo lógico es que lo atiendas cuando más lo necesita, obviamente dentro de tu horario laboral.

El tema del teléfono es bastante controvertido. Por un lado dar el teléfono móvil o particular me parece muy generoso, si es real que se da. Dar un teléfono que luego va a estar apagado o comunicando todo el tiempo es peor que no darlo. Desde luego yo nunca le he dado mi teléfono a un paciente. Sin embargo si alguna vez cuando un paciente que he visto me ha preocupado, lo que he hecho ha sido preguntar a los padres por su teléfono, y llamar yo.

En algunas consultas muy bien organizadas, se establece un horario de consultas telefónicas. Es lo mejor, porque si las llamadas entran libremente con frecuencia interrumpen la visita de otro paciente que esté en ese momento en la consulta. Y depende cómo se mire, es un poco irrespetuoso.

Y luego que hay gente de todo. Gente que tiene tu móvil y es prudente y no lo utilizará nunca. Y personas que no tienen mesura y llaman día sí y día también por asuntos intrascendentales.


Y en cuanto a la forma de comunicarse, está claro que habrá que irse adaptando a los tiempos que corren y a las nuevas tecnologías. La comunicación vía e-mail o mediante otros medios (por ejemplo twitter) irán ganando peso específico, porque así lo van demandando los pacientes y nos gusta a muchos médicos, y más en el caso de los pediatras en que son pacientes (y acompañantes) jóvenes bien acostumbrados al manejo de la tecnología en otros ámbitos de su vida.


Y hablando de nuevas formas de comunicación médico-paciente os presento aquí un proyecto de unos amigos, que justamente intenta dar solución a alguno de los problemas expuestos arriba sobre comunicación, sobre necesidad de acudir a Urgencias ante un determinado problema o sobre cómo hallar respuesta a una duda que asalte en cierto momento. Ya me diréis que os parece. Sin duda gran parte de la medicina del futuro pasará por adaptarnos a todos estos nuevos medios.

martes, 26 de octubre de 2010

Fiebrefobia y alternancia de antipiréticos



Una de las últimas llamadas que una de mis amigas me hizo para una consulta pediátrica fue en referencia a los fármacos para la fiebre. Su hijo pequeño, de dos años, estaba con un proceso febril, con fiebres relativamente altas y me preguntaba si podía alternar para tratarla los dos antitérmicos más frecuentemente empleados: paracetamol e ibuprofeno.

Me he referido en diversas ocasiones a la fiebre porque es sin duda el motivo de consulta más frecuente en Urgencias. Los niños tienen fiebre con mucha frecuencia, en respuesta a los múltiples procesos -en su mayoría virales- que tienen en los primeros años de vida.

La fiebre da miedo a los padres, y lamentablemente también a algunos pediatras. Existe la fiebrefobia. Y existen muchos mitos alrededor de ella sobretodo en relación con la posibilidad de ciertas secuelas neurológicas. La fiebre no es mala -y perdonar la expresión-, más bien es un sistema de defensa extraordinario contra los gérmenes. Si ha existido toda la vida, incluso antes de existir medicamentos para combatirla quizá será por algo.

Y la fiebre no dejar de ser un síntoma. Lo interesante es saber la causa de la misma, aunque sea un diagnóstico tan poco contudente o poco concreto como decir que es un cuadro viral.

Bajar la temperatura se convierte en una obsesión para muchos padres y pediatras. Y hay muchos niños que a pesar de estar con temperaturas altas están como si nada, haciendo vida más o menos normal. En otros casos no ocurre así y el aumento de la temperatura se relaciona con un empeoramiento del estado general y una hipoactividad marcada. Quizá como referencia para tratar la fiebre, más que un nivel de temperatura en concreto, hay que fijarse en cómo está el niño y tratarle en función de ese dato.

Cuando mis hijas han tenido fiebre, les pongo el termómetro de vez en cuando cuando pienso que tienen fiebre, pero nunca de la manera obsesiva que utilizan algunas personas. En algunas visitas, hay familias que aportan un verdadero diario con las temperaturas horarias. Y generalmente no es necesaria una monitorización tan estricta.

Sobre la alternancia de antitérmicos se han escrito ríos de tinta. Os he de confesar que va también un poco a modas. A temporadas se impone la combinación de fármacos para la fiebre, mientras que en otras temporadas se leen diferentes artículos que recomiendan el tratamiento con un solo fármaco. Quizá el administrar un solo fármaco evita las equivocaciones con las dosis y también el acúmulo de efectos secundarios de uno y otro fármaco.

Como siempre ya sabéis que abogo por el sentido común: si con un fármaco es suficiente, ¿para qué utilizar dos? Y si el niño está con buen estado general y poco afectado por la fiebre ¿para qué intentar tratarle la fiebre a toda costa? Porque tengo comprobado que la fiebre, a veces, va por libre y baja cuando le da la gana, a pesar de obcecarnos en la administración de antitérmicos. Así que la consigna sería empezar con un fármaco y combinar si con el intervalo necesario entre dosis y dosis no llegamos y el niño se encuentra mal por la fiebre. Y no llevarse las manos a la cabeza por no conseguir la apirexia durante unas horas salvo que otros síntomas nos resulten inquietantes.

lunes, 25 de octubre de 2010

A la moda...


No sé en vuestras casas, pero en la mía, las pulseritas de silicona con formas han entrado por la puerta grande.....El tema me ha servido ya dos veces para consolar a niños a los que tenía que suturar. Para evitar que me vieran como a una especie de torturadora, y no empezar como siempre con el tema del cole, les empiezo a hablar de las pulseras. Y se hipnotizan y me explican las que tienen, las que han cambiado, etc.

Y es que hay que estar al día!!! De lo que se lleva entre los niños por lo menos.... A día de hoy hablar de estas pulseritas o de Bob Esponja es tener el éxito asegurado!

viernes, 22 de octubre de 2010

Quién enseña a quién (II): La comida

Esta entrada no es exactamente la segunda parte del que escribí anteayer, pero tiene relación. Iniciando la serie de la sección que os insinué el otro día que aparecería en el blog, no podía dejar que este tema de la comida no fuera el primero. Si leéis hasta el final entenderéis por qué.


Os adelantaba que yo de niña fui una clásica "niña que no me come". Supongo que mi madre estuvo influenciada tanto por los efluvios de la postguerra - tiempos en los que los niños no comían lo que debían por motivos obvios y estar saludable era sinónimo de cara redondita- como por una pérdida de peso al nacimiento nada despreciable, que llegó a los 500 gramos. Nací con 3 kilos y a los pocos días pesaba 2 kilos y medio. Posiblemente una mala técnica de lactancia materna en una madre primeriza en la edad de oro de la lactancia artificial contribuyeron a que me fuera de un pelo acabar ingresada con un suero.


El caso es que nunca comí bien. Mi madre lo llevaba con cierta elegancia pero por puro desespero acabó cocinando para nosotras a la carta. A partir de los 5 años empecé a comer en el comedor del colegio. Y seguí comiendo mal. Mi inteligencia me sirvió para encontrar la manera de escaquearme de la comida en un cole de monjas de principios de los ochenta. Aprendí a sentarme al lado de niñas que zampaban como bestias para que se comieran su plato y el mío, también mil formas de esconder y hacer desaparecer la comida, incluso logré alianzas con las señoras que vigilaban el comedor, de forma que ya sabían de qué comidas servirme bien poco y en qué punto disimuladamente para que las monjas no entraran en cólera, hacer desaparecer mi plato como por arte de magia. No obstante más de una y de dos veces, estaba a las tres de la tarde todavía en el comedor con una bola en la boca, habiéndome perdido todo el patio, y aliviada por el sonido de la campana que anunciaba que se reanudaban las clases y que la tortura había acabado (después de dos eternas horas pegada a la silla). Las monjas me amenazaban con darme la comida ellas, y me daba pánico, aunque no recuerdo que nunca cumplieran sus amenazas (aunque yo había visto como Sor Socorro, que era una tiarrona enorme de más de 100 kilos, lo hacía con alguna niña, y sólo pensarlo me acongojaba!)


Los años pasaron. Muchos alimentos no los había ni probado, siempre comía como un pajarito. Yo no disfrutaba con la comida, comía porque había que comer.


Conocí a mi marido, que fue educado de otra manera: La comida no se deja en el plato y hay que comer de todo. Comía de todo y en cantidad, y disfrutaba (y disfruta) comiendo.

Y luego nacieron las niñas. Aunque mi marido ha contribuído en gran medida al cambio en mi percepción de la comida, a mí me han enseñado a comer mis hijas. ¿Por qué? Porque los niños aprenden con el ejemplo. Porque nunca intentas que los menús sean tan equilibrados como cuando tienes hijos. Porque es insostenible ser 4 personas y hacer 2,3 ó 4 menús en una casa.

Así que a mis treinta y tantos creo que he aprendido a comer. Incluso he aprendido a disfrutar comiendo. Y consuelo para madres y padres recientes desesperados: no me he muerto por el camino, más bien todo lo contrario...

Aunque os confieso que sigue habiendo alimentos que no me gustan y otros que ni pruebo. Y tampoco creo que sea grave....Es más (y esto ya casi es de confesionario) me da cierto repelús ver como mi pequeña y su padre devoran la coliflor!


jueves, 21 de octubre de 2010

La crisis, el paro y la repercusión en los niños



El pasado domingo en La Vanguardia había un artículo dedicado a la crisis y su repercusión en la vida de los niños, sobretodo en lo referente a la restricción del gasto, y en especial al gasto en ocio. El ambicioso título era Los hijos de la crisis (interesante también el vídeo insertado)

Cuando ya llevamos unos cuantos meses en esta vorágine destructora de empleo y de esperanzas, las consecuencias empiezan a ser más que palpables.

La semana pasada, en un par de días tuve 4 conversaciones en referencia a este tema. Dos de las conversaciones fueron con amigos: uno de ellos está en una situación laboral complicada debido a los problemas que atraviesa su empresa, que tiene abierto un expediente de regulación de empleo (el famoso a nuestro pesar ERE). La otra fue despedida estando embarazada y ahora con dos niños muy pequeños a cargo tiene que buscar otro trabajo que además le permita conciliar con su vida familiar.

Yendo por la calle se me acercó un hombre de mediana edad, pakistaní, y me preguntó si por casualidad sabía de algún sitio donde pudiera encontrar un empleo. Si se acercó a mí, vulgar transeunte a dos manzanas del colegio con sus pequeñas correteando, ¿a cuántas puertas debe haber llamado antes? Con nuestras posibilidades, que no son ni mucho menos de rico, estamos empleando a una persona en casa, con unas condiciones más que dignas. Pero no se me ocurrió ninguna forma de darle a este hombre alguna respuesta que motivara la esperanza.

En el hospital, un padre con dos gemelos pequeños se me medio derrumbó en la consulta ante la inminencia del fin de su cobertura por desempleo. Imagináos la situación: dos gemelos pequeños concebidos por fecundación in vitro después de años de desear la paternidad; padre de 45 años en paro; niños a la guardería para que el padre pueda buscar activamente trabajo; niños enfermos intermitentemente a causa de los virus de la guardería. En fin, un puzzle difícil de resolver, en el que sólo pude hacer de oyente y darle ánimos. Pocos consejos me parecen útiles a un escenario tan complejo.

Hay niños pequeños que no deben tener conciencia de haber vivido otros tiempos (mejores). Otros de la edad de mi hija mayor no sé si entienden los conceptos completamente. Los más mayorcitos es posible que sí que noten las diferencias entre el antes y el después si viven en una familia afectada por los recortes. Hace bastantes meses, escribí sobre este tema, intentando ver la parte positiva en el resurgimiento de viejos valores no tan dependientes del consumismo y la economía. Hoy en día, con prestaciones de desempleo a punto de acabarse, cifras de desempleo poco optimistas y perspectivas de futuro bastante dudosas, reconozco que la situación me parece más gris. Esperemos que lleguen tiempos mejores para muchas personas y sus familias.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mi niño no me come


"Hola Amalia, tengo una niña de 12 meses que nunca tiene hambre. Y cuando la siento a la trona para comer, sea la hora que sea, siempre llora y cierra la boca. La he dejado sin comer a mediodía, otro día sin merienda, y ni así tiene hambre en la siguiente comida. Al final acaba comiendo después de ofrecerle mil juguetes y manteniéndola entretenida. Pero si es por ella creo que no comería nunca. Ya empiezo a desesperarme. La pediatra se encoge de hombros y no sabe qué decir"

Este comentario, que escribió una lectora ayer en la entrada de ¿Medio litro de leche al día? -entrada que casualmente escribí hoy hace un año-, me viene como anillo al dedo para el tema del que iba a hablar hoy. En realidad, más que exponer mis opiniones quiero compartir alguna información que he extraído del libro del Dr. Carlos González, Mi niño no me come. De alguna manera el libro me ha gustado, porque estoy de acuerdo en un porcentaje muy alto de las cosas que explica, estando en desacuerdo con algunos párrafos (como ya me pasó leyendo otros libros del autor, empiezo estando de acuerdo y conforme la cosa va culminando en el final del libro pienso que quizá se pasa de rosca).

Para empezar, el título del libro me parece súper acertado. Porque textualmente es lo que las madres dicen en la consulta cuando piensan que su hijo no come adecuadamente. El decir "el niño no me come", en vez de decir "el niño no come" sin duda tiene una connotación emocional muy marcada.

En la introducción relata de forma teórica cuáles son las necesidades reales de los niños en cuanto a alimentos y a consumo calórico y cómo las necesidades van disminuyendo tras los primeros meses de crecimiento tan espectacular. También es bastante didáctica, la exposición sobre el significado de las diferentes tablas de crecimiento y de los percentiles, que tan de cabeza llevan a muchas familias. Al igual que ya he expresado por aquí algunas veces, el peso no debería ser ni un examen para los padres ni una cuestión que monopolice la revisión pediátrica (el autor lo resume en un punto titulado "¿Por qué no bajamos a la báscula del pedestal"?)

Otras ideas que me parecen interesantes:
  • No hay que forzar a los niños a comer, hay que respetar que coman cantidades pequeñas o que rechacen algunos alimentos
  • No es conveniente que la comida sea moneda de cambio, ni en positivo ni en negativo (es decir ni premio, ni castigo)
  • Es muy interesante aprovechar la curiosidad natural que tienen los niños por probar nuevos alimentos al final del primer año de vida, así como su voluntad de empezar a comer solos, a su manera
  • El orden de introducción de la alimentación complementaria no tiene por qué ser matemático ni inamovible, es bueno adaptarlo a las peculiaridades de cada familia y de cada niño
  • Es una aberración darle a un niño un fármaco para abrirle el apetito (y la gente os aseguro que lo pide, y mucho!). El fármaco que ha demostrado su utilidad en este aspecto es un psicoestimulante y tiene efectos secundarios y en el fondo es un riesgo no asumible (yo no lo he recetado en la vida!)
  • La prueba que propone de ver si el niño en realidad pierde peso si no se le obliga a comer y se desdramatizan todas las escenas relacionadas con la comida
Sin embargo otros aspectos que no comparto con el autor:
  • La comida tiene un componente emocional....sí, pero relativo. Al final la comida es algo necesario para mantenerse con vida y quizá no hace falta darle tantas vueltas a su vinculación con el afecto
  • Afirma que si dejas a los niños a su libre albedrío, acaban comiendo de forma equilibrada y sana. Posiblemente en cantidad sí, en variedad yo creo que no. Vaya, ya le digo yo que mis hijas se atiborrarían de macarrones con tomate y de chocolate y no sé si probarían algo de color verde....Pienso que como en otros muchos aspectos de la vida, a los niños hay que orientarles y enseñarles el camino (o los caminos) para que sí sepan decidir conforme se hagan mayores
  • A veces los niños (y los mayores) no tenemos más hambre, pero un helado de postre sí nos lo comemos. Es decir, que no todo lo que comemos o dejamos de comer depende exclusivamente del hambre que tengamos
  • Aunque estoy de acuerdo en que la alimentación complementaria no debe ser pautada como si fuera un dogma de fe, en la práctica los padres en las consultas exigen que les des una pauta exacta de en qué momento introducir uno u otro alimento.
  • Con el tema de la lactancia materna versus artificial estoy de acuerdo en la esencia, aunque no dejo de sentir cierto resquemor por el cierto tufillo al viejo tema de diferenciar entre madres de primera y madres de segunda en función de qué tipo de alimento dan a sus hijos. Es un tema del que he hablado sobradamente y del que no quiero para nada volver a polemizar (ya se encargan otros medios lamentablemente de hacerlo)
  • No me gusta la ridiculización que se hace de la historia de la medicina pediátrica de principios de siglo pasado. La medicina ha avanzado precisamente porque muchos médicos se equivocaron antes que nosotros y pensaron en modificar algunas conductas por el bien de sus pacientes
  • Y ya el remate de la historia final, con guiños a volver a hacer dos bandos (Estivill versus el suyo) con el sueño imaginario de un adulto, francamente me sobra
A pesar de que al final me han salido más puntos con los que no estoy de acuerdo que con los que estoy a favor, acaba no siendo justo con la realidad y es un libro que os recomiendo a todos los que penséis realmente que vuestro hijo no come lo que debiera.

Os aviso que tengo preparado algo más de material sobre este tema, donde incluyo mi experiencia personal. Lo habías adivinado: yo me pasé toda mi infancia siendo de una esas niñas que no comían nada. Y aquí me tenéis a dieta intentando quitarme unos kilillos de más.

Y no puedo acabar sin felicitar a mi hermana querida que hoy cumple 34 añitos. Tata, ¡te quiero con locura! Gracias papás por darme -eso sí que sí- un regalo para toda la vida.

martes, 19 de octubre de 2010

De todo no se puede saber


Ayer estuve en una jornada interactiva sobre casos clínicos organizada por la UCI Pediátrica del Hospital Sant Joan de Déu. Las charlas estuvieron muy bien y siempre me encanta volver al hospital donde me formé: conozco a mucha gente que trabaja allí y les tengo mucho cariño y me siento como en casa, a pesar de que ya han pasado unos cuantos años desde que me fui.

La jornada me interesaba porque Urgencias es el sitio por donde suelen entrar en contacto con los hospitales los niños que acabarán ingresados en una UCI. Es decir, el niño que estará críticamente enfermo, en muchos casos inicialmente lo veremos los médicos de urgencias de los hospitales que tienen UCI o de los hospitales como el nuestro que no la tienen.

La perspectiva de trabajar en un hospital de segundo nivel te cambia un poco tu forma de trabajar, ya que tienes que hacer cosas que durante mi formación no experimenté tanto debido precisamente a la accesibilidad de los Cuidados Intensivos (sólo una planta por encima de la planta de Urgencias) y de las técnicas y tratamientos más sofisticados. Y las cosas que aprendes básicamente son: a anticiparte mucho más a lo que puede pasar y por otro lado a preparar a los pacientes para ser atendidos por otros médicos o para el traslado a otro centro. De esta forma os aseguro que uno acaba pasando mucho más apuro en un centro pequeño y con menos recursos que en los sitios donde en teoría suelen estar los pacientes más graves.

En la jornada me di cuenta de que estoy bastante al día de la primera atención al paciente crítico, pero como no podía ser de otra manera, ya menos puesta en técnicas y procedimientos propiamente de UCI. Y me hizo gracia recordar algunos conceptos como por ejemplo la monitorización de la PIC (presión intracraneal) o la presión de perfusión cerebral, que formaban parte de mi día a día cuando hacia guardias en dichas unidades y que sin embargo han pasado a ocupar un pequeño espacio en mi memoria. Si tuviera que hacer una guardia ahora en la UCI me sentiría muy desamparada y fuera de lugar. Aunque seguramente con un poco de reciclaje todo es posible (hay gente que lo hace años después)

Una sensación parecida he tenido estos días desempolvando viejos apuntes. Las materias en las que no has seguido trabajando, se van olvidando y acabas sabiendo de tu parcela. Aunque el recorrido supongo que enriquece tu bagaje y algo sigue quedando. Lo que he explicado de la UCI también me pasa con la Neonatología, que era una disciplina que me encantaba y a la que durante un tiempo pensé en dedicarme de por vida. Sabía de cardiopatías congénitas, de manejo del prematuro, de malformaciones congénitas, y ahora todo eso queda un poco atrás, y me da la sensación de que mis conocimientos están cada vez más acotados en el área de las Urgencias. Por suerte en Urgencias el abanico de posibilidades es muy amplio y no me siento limitada, más bien todo lo contrario. No obstante una no puede evitar sentir cierta nostalgia por disciplinas que un día fueron importantes y que perfectamente hubieran podido constituir mi futuro. Pero está claro, de todo no se puede saber (o al menos en mi caso, que ya voy perdiendo neuronas)

lunes, 18 de octubre de 2010

Tener sueño "es muy malo"


La semana pasada os explicaba cómo había ido una visita con una madre y la reclamación que me llevé a cambio. Cómo el hecho de no recetarle nada para un catarro había provocado su enfado. Justamente ese mismo día viví otra visita diferente pero con cierta similitud en tres aspectos. No sé si también me caerá una reclamación, espero que no, porque acaba desquiciando un poco.

Los tres aspectos en los que se parecían las visitas eran
  • por un lado el tema de la medicación. A este niño le di bastante medicación porque tenía una estomatitis de caballo y una otitis. Pero la madre quería más....ahora os cuento

  • por otro lado la dificultad para conciliar el sueño ambos pequeños a raíz de sus enfermedades y claro, cuando no duermen nuestros hijos nosotros tampoco dormimos, y al día siguiente tenemos que seguir cumpliendo con nuestras obligaciones

  • y en último lugar se parecieron en la forma como se fueron las madres: enfadadas con la visita y probablemente maldiciendo su suerte por no haber dado con el pediatra que buscaban

En esta visita, a diferencia de la del otro día en que el niño estaba estupendo, la criatura estaba bastante afectada por el dolor y la fiebre. Yo creo que los atendí muy bien, les hice las recetas que necesitaban y les di las explicaciones pertinentes tanto de la medicación como de la alimentación dadas las circunstancias y de la evolución que cabía esperar.

Acabando la visita, la madre me insistió en que el niño no dormía y que ella ya no aguantaba el ritmo de noche tras noche hasta tres sin dormir en condiciones. Y entonces llegó la gran petición: que le diera un sedante al niño. Al principio le intenté explicar que a los niños no se les da medicación para dormir....que tratando los síntomas de forma óptima, el niño iría mejorando.

Pero no le sirvió. Se puso como una fiera conmigo. Que para eso pagaba una tarifa de alto standing de la mutua. Que vaya medicina, que a ella los sedantes se los daban sus padres de pequeña y que no había pasado nada. En fin sin comentarios, ¡qué sofoco!

Cuando pude pensarlo en frío, pensé que las malas palabras hacia mí (al igual que en el caso de la otra madre) seguramente tuvieran relación aparte de con la preocupación habitual cuando tienes a tu hijo enfermo, con la falta de sueño. El no dormir puede sacar lo peor de nosotros. Y los padres recientes, muchas veces ya van bien escasos de sueño en condiciones normales. Así que cuando las cosas no van rodadas...

Hace poco leí que los padres pierden algo así como seis meses de sueño durante los dos primeros años de vida de sus hijos. Según un estudio realizado en Inglaterra, no sé si muy científico, porque está hecho por una empresa de colchones , un 10% de los padres sólo consiguen dormir dos horas y media seguidas cada noche. Y más del 60% no duermen más de tres horas y media.

Cuando los hijos se van haciendo mayores, por suerte, puedes volver a reconciliarte con Morfeo. Algo con lo que sueñas en los pocos minutos que puedes dormir cuando tus hijos son pequeños. Y esa reconciliación con tu sueño de adulto parece que nunca va a llegar, ¿a qué no?

viernes, 15 de octubre de 2010

La razón por la que se inventaron los preservativos

Un poco de humor para el fin de semana de esta semana más corta. Es un anuncio danés de la Asociación Danesa de Farmacéuticos. A ver con qué secuencia os sentís más identificados....Yo hace 2 días fui duchada literalmente junto al resto del cuarto de baño mientras bañaba a la peque, aunque visto lo visto, la cosa podía haber sido muuuuucho peor.
Buen fin de semana


jueves, 14 de octubre de 2010

Miedo a la oscuridad

Desde hace varios meses, mi pequeña Irene tiene miedo a la oscuridad. También miedo a aspectos que se pueden relacionar con la oscuridad: fantasmas y monstruos. En su habitación tiene una lámpara que permite tanto una iluminación llamémosle normal como una iluminación más insinuada y de baja potencia. No obstante me pidió que le comprara una luz de pared con alguna forma como la que tiene su hermana, que es una luna. La urgencia de la petición hizo que no encontrara ninguna luz de pared con ningún motivo y tiene una pequeña bombilla diseñada especialmente para ahuyentar los miedos nocturnos infantiles, que da una luz azul muy curiosa. Cuando la acuesto le pregunto si quiere la luz del techo o la nueva, que hemos bautizado como la de discoteca. Suele optar por esta última o a veces por las dos (¡viva el derroche energético!)

Así que encender la luz y dejar la puerta abierta de par en par forman parte de la última parte del ritual de antes de acostarse tras higiene, pipí y cuento.

El miedo no es sólo a la hora de acostarse. También cuando yo estoy por ejemplo en la cocina y le digo que vaya a su habitación a por las zapatillas o un babero o cuando tiene que ir al lavabo, si ya es entrada la tarde o la noche. No quiere ir sin que la acompañe y arriesgarse a adentrar en la oscuridad de nuestro corto pasillo.

Laia, que ya tiene toda esta fase un poco superada (aunque no se desprende de su luz de pared ni quiere que cerremos tampoco la puerta de la habitación), la asusta de vez en cuando con monstruos y fantasmas y luego me toca a mí explicarle a la pequeña que los fantasmas (creo que) no existen y que mamá y papá no dejan entrar en casa a nadie que no sea de la familia o conocido.

No todos los niños tienen la misma tendencia a tener miedos. Laia en este sentido ha sido menos miedosa y creo que su miedo más importante es a las alturas, pero en eso tiene a quién parecerse -como dice mi suegra los cazos se parecen a las ollas-. Quizá es verdad que Irene siempre ha estado más sobreprotegida y que siempre ha sido más dependiente de nosotros. Seguramente algún tipo de vínculo hay entre la forma de cuidarles y el desarrollo y posterior superación de los miedos. La pequeña tuvo un miedo considerable a la separación cuando era bebé y luego al quitarle el pañal tenía miedo al inodoro, o a defecar o no sé bien bien a qué, pero fue un suplicio y le causó un estreñimiento considerable.

No obstante, el miedo a la oscuridad es muy común la edad de mi hija y tampoco hacemos en casa un drama de ello. En esta entrada de hace ya unos cuantos meses, tenéis descritos los principales miedos de los niños a cada edad. Yo recuerdo en mi infancia, también haber tenido miedo a la oscuridad, y quizá como una reminiscencia de aquello, no soporto dormir con las persianas bajadas completamente, siempre me gusta que entre un poco de luz del exterior, aunque sea la luz nocturna.

El miedo en sí mismo no debería ser malo. Es una respuesta innata cuyo objetivo es protegernos de hipotéticos peligros. Sin el miedo posiblemente la especie humana no existiría. Quizá lo malo es un miedo que se convierte en patológico y que se acompaña de otros síntomas como ansiedad, fobias u obsesiones.

El miedo tiene 3 componentes: el cognoscitivo, que permite reconocer el peligro tras la percepción de elementos amenazantes; el componente fisiológico, compuesto por los diferentes cambios en respuesta a la descarga de adrenalina -aumento del ritmo cardiaco, sudoración, llanto en los más pequeños, etc.-; y el componente motor que son los movimientos musculares automáticos de huída y defensa.

El Dr. Santi García-Tornel propone una lista interesante con cosas que los padres debemos hacer y cosas que no, para ayudarles con sus miedos.

Mi lista particular podría resumirse en los siguientes 10 consejos:
  1. Evitar la sobreprotección
  2. Evitar la crítica y la ridiculización de los miedos
  3. Transmitirles seguridad y evitar transmitirles nuestros propios miedos
  4. Ofrecerles afecto y comprensión
  5. Enseñarles nuevas habilidades para que sean capaces de superar el miedo
  6. Premiar conductas valientes
  7. Evitar amenazar con lo que asusta (ejemplo donde los haya en la consulta: si no te portas bien, la doctora te pinchará)
  8. Evitar dar demasiada importancia a la situación que provoca miedo
  9. Seleccionar lecturas y películas adaptadas a su edad y que no contengan violencia ni imágenes contundentes
  10. Trasmitirles que siempre podrán contar contigo y que estarás a su lado para afrontar el miedo
Por cierto y hablando de todo, el miedo escénico ahora lo tengo yo: esta entrada es la número 500 del blog. Y parece que fue ayer...



miércoles, 13 de octubre de 2010

Medicar o no medicar, esa es la cuestión

El primer fin de semana del mes estuve trabajando. El trabajo ya ha aumentado bastante a expensas de los virus causantes de infecciones respiratorias y fue agotador, como os expliqué.
El viernes pasado mi jefe me trajo una reclamación que me pusieron durante ese fin de semana.


Las reclamaciones forman parte de nuestra actividad cotidiana y hay que convivir con ellas, con más o menos pesadumbre. La verdad es que algunas me parecen adecuadas porque ayudan a mejorar tanto a nivel personal como desde el punto de vista de los circuitos establecidos (a veces uno se piensa que algo se está haciendo bien y hay maneras mejores, o la percepción del cliente no es esa). Sin embargo hay otras reclamaciones que claman al cielo. A veces la gente se queja como una forma de descargar su angustia por la enfermedad, su ira por la espera o su vanidad por un diagnóstico no coincidente con el suyo.


Analizar esta reclamación no sé si tiene mucho sentido, porque se repite periódicamente y porque cada mes del invierno tengo que lidiar con visitas como la que motivó la reclamación. Es muy cansino.


La visita correspondía a un bebé mayorcito con mocos. La madre muy agobiada porque según explicaba hacía varias semanas que tenía mocos. Niño sin fiebre, sin dificultad para respirar, con un desarrollo pondoestatural más que correcto y una alegría perceptible a simple vista. (Gran) Diagnóstico: Catarro de vías altas. Tratamiento: pues pocos secretos.... Me saca una lista de medicamentos que ya le había dado al nene. Sin comentarios.


Los que seguís el blog desde hace tiempo, conocéis mi poca voluntad por recetar medicamentos...Lo estrictamente necesario. Y en su caso medicamentos que tengan una eficacia contrastada. Cosa que no ocurre con toda la lista de mucolíticos, expectorantes y demás.


Total, que estuve 20 minutos de reloj explicándole a la madre que no era necesario medicar, que el niño estaba bien, que era normal que los mocos en los pequeños se prolongaran.


La madre estaba cada vez más subida de tono, que para que le dijera eso para qué se había esperado, que si no pensaba darle nada para curarlo....La abuela, que la acompañaba, intentaba poner un poco de orden: que si es madre soltera, que si lleva 3 noches sin dormir por los mocos del bebé, etc.


En fin, que una puede entender que una enfermedad aunque sea mínima, pueda alterar el ritmo de una familia, puede entender que la chica tuviera muchos frentes abiertos y muchas preocupaciones, pero al pan, pan y al vino, vino...Y no hubo manera. Y se fue de muy malas maneras.


Y luego supongo que puso la reclamación. Reclamación donde lo más doloroso es la mentira: decir que la pediatra no había explorado al niño, decir que la visita duró 3 minutos, decir que vaya nivel tenían los pediatras del centro que no sabían qué medicamentos eran los adecuados para su hijo, etc.


Conclusión: Que a veces pienso que soy tonta y que no aprendo con los años. Que hay que verlos venir....Que si realmente hago una visita de 3 minutos (y que le explique a la vecina si es madre soltera o no), que si le doy una receta con alguno de los mucolíticos no utilizados hasta el momento, ni mal rollo en la visita, ni mala uva tras leer la reclamación. Que lo mejor para el bebé a veces va ¡¡¡ en contra de mi salud mental!!!


Que a veces sin receta parece que no hay visita, y las cosas no son así. Por suerte para la mayoría de los mortales, muchas enfermedades se curan solas -con un poco de paciencia y mimos, eso sí-


Y me viene como anillo al dedo una frase del gran Ramón y Cajal: Razonar y convencer, ¡qué difícil y trabajoso! Sugestionar, ¡Qué fácil, rápido y barato!

lunes, 11 de octubre de 2010

Taller de RCP para padres

Atención a los que vivís en Barcelona o proximidades: en mi hospital se están montando unos talleres de reanimación cardiopulmonar (RCP) básica en Pediatría dirigido a padres y madres así como a cuidadores de niños.

Son cursos con una duración de 4 horas en los que se explicarán las maniobras necesarias para hacer una reanimación inicialmente. Estos cursos son necesarios y actualmente muy escasos en nuestro país. Las paradas cardiorespiratorias se producen principalmente en los domicilios y en la vía pública. Muchas veces la supervivencia del niño o adulto que sufre una parada depende de que alguien haya iniciado estas maniobras precozmente.


El curso se divide en 2 partes: una primera parte teórica donde se explican los fundamentos de la reanimación así como el algoritmo de actuación y una segunda parte donde se hacen prácticas con unos maniquíes que simulan a los niños.


Las fechas planteadas inicialmente son el jueves 4 de noviembre de 10 a 14h ó el sábado 6 de noviembre de 10 a 14h. La inscripción cuesta 30 euros. Aún no lo tengo confirmado pero probablemente haré de profe alguno de los 2 días. Y voy a apuntar a mi pariente, que me interesa que aprenda de estos temas.


Para más información o si queréis apuntaros, os podéis dirigir al e-mail: escoladepares@hospitaldenens.com o al teléfono 608 522 653 los días laborables de 10 a 13h.



viernes, 8 de octubre de 2010

Quién enseña a quién

Cuando eres pequeño y tienes mucho que aprender y muchas cosas te sorprenden por desconocidas, te da la sensación de que los adultos están para enseñarte y educarte y que la dirección de este aprendizaje es unidireccional. Esta sensación se prolonga en el periodo formativo cuando te haces más mayor. Luego poco a poco las tornas se vuelven y eres tú quien enseñas a tus hijos, a personas más inexpertas en tu disciplina, etc. Sin embargo, es entonces cuando ves claro que la relación es bidireccional sin ningún tipo de duda.
Desde el punto de vista profesional fue muy evidente cuando después de ser residente durante 4 años, pasé a ser adjunta y a su vez formar residentes. Te das cuenta de que a pesar de que parece que eres tú el que enseñas, ellos te enseñan muchas cosas a ti. Y te motivan a aprender y a saber más. Y te cuestionan algunas certezas que parecían absolutas hasta el punto que tú mismo también te las cuestionas.

Con los hijos, ¿qué os voy a contar? Parece que tú los cuidas, los educas, los orientas. Y a resultas de todo ello, me doy cuenta de que los 7 años de mi vida en los que más he aprendido han sido estos últimos 7 años de maternidad intensa y contínua. Justo desde que nació Laia. Supongo que la única época que puede ser equiparable son mis primeros 7 años de vida, en los que pasé de ser una recién nacida a una niña escolar de 7 años. Sin embargo no me llega la memoria para poder comparar esos primeros 7 años con estos últimos 7 años. Y ahí va una reflexión para el fin de semana: ¿quién enseña a quién? Porque a mí mis hijas me han enseñado muchas cosas. Tantas que me dan para unas cuantas entradas. Creo que acabo de iniciar una sección en el blog.

jueves, 7 de octubre de 2010

Carne de dentista

Desde muy pequeña he tenido una desgracia como otra cualquiera: ser candidata (muy) periódica a visitas al dentista. Con el paso del tiempo y el empeño de mi madre primero y mío propio después, creo que no me queda pieza dental indemne y que no haya sufrido algún zurcido, retoque o apaño hasta que la cosa aguante. Empastes a doquier, ortodoncia en mi tierna infancia, fundas y nervios anulados, incluso un injerto de mucosa del paladar en parte de mis encías. Sólo me falta probar las maravillas de los implantes, pero estoy casi segura de que todo se andará. En fin, un rosario de tratamientos, de dineral invertido y de recorrido por diferentes gabinetes odontológicos.

Si bien algo genético debe haber porque mi padre tiene toda la boca artificial, me he esmerado en cuidar mis dientes como un bien preciado y luchando contra el destino de la doble cadena de ADN. Y ahí estamos. Y esto me recuerda que me toca cita (qué tortura!)

Con mi marido siempre hemos bromeado un poco con el tema. Como él era un miope rematado aderezado con un buen astigmatismo y fue durante tiempo pasto de oftalmólogos y optometristas, siempre comentábamos que esperábamos que la genética fuera generosa con nuestra descendencia y nuestros hijos/-as tuvieran de mi parte los ojos y de la suya, la boca. Mis ojos porque siempre he tenido una agudeza visual que quita el hipo (lástima que una se hace mayor y la presbicia está a la vuelta de la esquina) y su boca porque creo que no debe llevar ni un solo empaste, y eso que no se cuida ni la mitad de lo que lo hago yo. Con los años su desgracia ha venido a bastante menos, pues hace casi dos años posó por breves segundos sus córneas debajo del láser y le han quedado unos ojos de estreno. Sin gafas, sin lentillas y sin recuerdo alguno de toda su vida anterior en la que si se levantaba y no tenía las gafas al lado de la cama, estaba hundido en la miseria.

La revisión dental de las niñas ya tocaba desde hace tiempo. Hace unas semanas os conté que llevé a las niñas a revisar la vista. Y la boca estaba por mirar....Me sonrojo si pienso que Irene estaba pendiente de su primera revisión. Y que a Laia la había llevado antes de que naciera su hermana, y de eso ya en breve hará cuatro. Ssssshhh! No se lo digáis a nadie, pero no sigáis mi ejemplo (visitas anuales en general y semestrales si hay algún problema)

Ayer fuimos a la visita en mi hospital, que tiene un servicio de odontopediatría de renombre. El detonante de no dejarlo para mucho más allá es que Laia lleva mellada un montón de meses. No sé si recordáis una entrada de febrero en la que explicaba los primeros viajes del Ratoncito Pérez a casa, y el día que Laia se tragó uno de sus dientes de leche. En pocas semanas desde entonces, cayeron 6 piezas de leche. El caso es que sus 2 incisivos superiores no han salido.....y ya han pasado bastantes meses. Aunque la odontóloga hace unos días (comentarios de pasillo, muy típico entre médicos) me advirtió que a veces puede pasar un año antes de que salgan, yo ya empezaba a estar un poco mosqueada. Vaya, que no entiendo por qué se caen unos si los otros no están preparados, pero parece que esto es así. Cosas de la naturaleza. Y efectivamente Laia los dientes los tiene. En la radiografía se ven clarísimamente, sólo que no están maduros para salir y es posible que todavía tarden un poco. Pero atención en la revisión dos hallazgos -tierra trágame- que me recuerdan a mi propia vida: ¡dos pequeñas caries en sus recién estrenados molares!

En unos días tenemos que volver para empastarlas. Ayer sensibilización extrema, cepillado como nunca (incluso me dejó que la repasara, algo inédito) y sin despiste con el enjuague de flúor. Pobrecita lo que le queda por delante.

En cuanto a la pequeña, todo bien. Bueno, bien la boca. El espectáculo que montó para que le pudieran ver los dientes fue de aúpa. Y eso que nos habíamos entrenado en los últimos días para llegado el momento abrir la boca como un león. Supongo que toda la sala de espera se enteró que la hija de la coordinadora de Urgencias estaba organizando un sidral. Sin comentarios....

PD: A propósito del tema, un enlace interesante sobre diversos aspectos relacionados con la dentición en los más pequeños

miércoles, 6 de octubre de 2010

Compartir las tareas del hogar


Desde hace ya bastante tiempo, intentamos que Laia participe en las tareas del hogar, de forma adaptada a su edad. Ahora también empezamos con la pequeña, ya que como os detallaré más adelante hay bastantes tareas domésticas, aunque sean de bajo esfuerzo en las que los niños pueden participar desde la más tierna infancia.

La educación en este sentido, como en tantas otras cosas, creo que hay que iniciarla desde pequeños. Y en mi caso son dos niñas, pero si fueran niños, iríamos en la misma línea. Porque al final la desigual distribución de los quehaceres hace que muchas mujeres se sientan (o nos sintamos) como esclavas del trabajo doméstico, tengamos o no, trabajo fuera de casa.

Según datos del Instituto de Estadística de Catalunya del año 2006 (y no creo que en la actualidad se hayan modificado sustancialmente), las mujeres dedican 21,3 horas semanales a las responsabilidades domésticas, mientras los hombres dedican 7,9 horas semanales. En el trabajo remunerado, que se realiza fuera de casa, a pesar de que son las mujeres en su mayoría las que cogen la reducción de jornada tras la maternidad no hay tanta diferencia: 7,06 horas diarias trabajan ellas versus las 8,26 horas diarias de ellos. Visto así, cogiendo en frío los datos -y que ningún sujeto masculino se me moleste- los hombres disponen de mayor tiempo personal y de ocio que las mujeres. Y sinceramente creo que en realidad las estadísticas reflejan lo que se ve a pie de calle, si bien hay que reconocer que cada vez más padres -hombres- se dedican al cuidado de sus hijos y a las tareas domésticas (aquí tenéis el paradigma), con datos que han mejorado significativamente lo vivido por nuestras madres. La pregunta es, ¿es suficiente la implicación actual? ¿podemos mejorar las cifras? Yo creo que sí. Los cambios no son fáciles ni se producen en poco tiempo, pero son imprescindibles para igualar las oportunidades tanto laborales como personales de hombres y mujeres.

De ahí surge el concepto de corresponsabilidad. La corresponsabilidad consiste en la distribución equitativa de las tareas domésticas entre las personas que comparten el hogar. En el caso de los adultos, también incluye el cuidado de personas dependientes como por ejemplo los niños. Como los niños, conforme crecen cada vez son menos dependientes de nuestros cuidados, deben empezar a aportar algo de trabajo al núcleo familiar. Y la educación me parece fundamental, empezando por darles ejemplo....

Algunos consejos para la corresponsabilidad: dialogar sobre las tareas, negociar y organizar turnos, planificar semanalmente las cosas que habrá que hacer para que quede tiempo libre para todos, educar a los niños en este sentido y darles tareas adaptadas a su edad, reconocer la importancia del trabajo doméstico para el correcto funcionamiento del hogar, enseñar habilidades domésticas a quien no las sabe hacer (esas lavadoras a los que algunos se resisten), colaborar para mantener la casa limpia y ordenada y no tener que emplear más tiempo del estrictamente necesario después, repartir las tareas más pesadas, hacer algunas tareas en equipo para que sean menos aburridas y largas y buscar tiempo libre para compartir entre todos los miembros de la familia.

Hace unos meses la Generalitat emprendió una campaña llamada "Compartim el temps" (Compartamos el tiempo) con el objetivo de dar un toque de atención en estos temas.

En esta campaña hay diferente material didáctico para trabajar con los niños y un gráfico llamado la pirámide de las tareas familiares donde determina en función de cada edad qué tareas domésticas pueden realizar los niños. Os pondré los ejemplos de las edades de mis hijas

2-3 años

  • Tirar papeles y envases a los cubos de reciclaje

  • Recoger los juguetes y colocar los libros en las estanterías

  • Dar pinzas para tender la ropa

  • Después de comer, dar el plato para llevarlo al fregadero

4-6 años

  • Dejar en el cajón una parte de su ropa doblada

  • Ocasionalmente ayudar en la cocina, por ejemplo batiendo huevos

  • Ayudar a acabar de hacer la cama

  • Servirse una parte del desayuno

  • Poner la ropa sucia en el cubo de la ropa para lavar

  • Ordenar los juguetes y la mochila, dejar el abrigo correctamente

  • Después de comer, llevar el plato al fregadero

  • Después de bañarse, ordenar el baño
Laia ya se puede poner las pilas, porque a partir de los 7 años las tareas se incrementan...y le falta un telediario para llegar a esa edad.

martes, 5 de octubre de 2010

Algunas historias acaban bien

Hace casi un mes escribí una entrada sobre la fiebre en los más pequeños. El último caso que aportaba era el de un lactante muy pequeño, de la edad de mi sobrina, cuyo motivo de fiebre era lamentablemente una sepsis con meningitis meningocócica. No di muchos detalles del niño porque en esos momentos en que escribía el post, se debatía entre la supervivencia y la claudicación frente a la enfermedad en una UCI pediátrica de mi ciudad, y no quería transmitir malas vibraciones desde aquí, aunque el pronóstico era entonces poco favorable.

Los niños pequeños con sepsis suelen tener enfermedades con alta agresividad pues su sistema inmunológico todavía está menos preparado para enfrentarse a estos gérmenes tan lesivos.

Alguno de vosotros me preguntó en los comentarios por él.

El meningococo (Neisseria meningiditis) es una bacteria que coloniza las vías aéreas superiores de algunas personas que se muestran habitualmente asintomáticas. En ellos mismos o en otras personas a las que pueden contagiar por contacto íntimo, en un momento de disminución del estado inmunitario se puede producir el paso del germen al torrente sanguíneo. Los síntomas derivados del paso a la sangre originan la sepsis (aunque no siempre se produce este hecho), y si el germen se localiza puede dar lugar a meningitis, artritis u otras infecciones localizadas. Salvo en el periodo neonatal y primeros 3 meses de vida, en que los gérmenes que causan las sepsis suelen estar más relacionados con el canal del parto, en el resto de los niños, el meningococo junto con el neumococo son los gérmenes que con más frecuencia causan meningitis. Aproximadamente un 7% de los niños con sepsis meningocócica no sobreviven a la enfermedad y un porcentaje de los que sí lo hacen, pueden quedar con secuelas.
Al igual que ocurre con el neumococo, hay diferentes tipos de meningococos. En nuestro medio el que causa más patología es el meningococo tipo B. En el año 2000 se introdujo la vacunación antimeningocócica en el calendario vacunal. Curiosamente la vacuna que se aplica protege frente al serotipo C del meningococo, y a pesar de que no es el más prevalente en nuestro medio, el hecho de que sea primo hermano del meningococo B ha hecho disminuir espectacularmente la prevalencia de la enfermedad meningocócica en nuestro país.

La semana pasada el pequeño volvió por nuestro hospital. A saludarnos. A agradecernos. Y a hacerse unas curas en uno de sus brazos, donde tiene unas escaras como secuela de la falta de riego sanguíneo sufrida a ese nivel. Los padres se deshacían en buenas palabras hacia el servicio y los médicos y las enfermeras que lo atendieron. "Cada 10 minutos el niño iba empeorando y cada 10 minutos veíamos como íbais haciendo más cosas y más personal se implicaba con nosotros".

Como ya os expliqué en otra ocasión, los momentos iniciales en los que se desarrolla una enfermedad de esta magnitud son cruciales y muchas veces determinan el pronóstico. Aunque hay algunas bacterias muy agresivas y ante las que muchas veces, desgraciadamente, poco se puede hacer.

Nos quedamos muy contentos. Sobretodo por la buena evolución. Pero también, por la gratitud de estos padres.

lunes, 4 de octubre de 2010

Claramente, ¡llegó el otoño!

Reventada. Así estoy después de trabajar el fin de semana. Ya me quedan bastante lejos mis vacaciones en Canarias y eso que hace sólo 8 días que puse el pie de nuevo en Barcelona.

Desde hace aproximadamente un año disminuí (por suerte) mi cadencia de trabajo en fin de semana. Actualmente me toca trabajar aproximadamente un fin de semana de cada 7 u 8 semanas. El fin de semana incluye todo el sábado y todo el domingo, estando de presencia todo el día, desde las 8 ó las 9 de la mañana hasta las 10 de la noche y después localizable en casa por si hay algún "fregao". Trabajar todo el fin de semana se me hace muy pesado. Por un lado prácticamente estoy 2 días sin ver a mi familia y después es bastante cansado tanto a nivel físico -al acabar palabrita que no me siento las piernas- como psicológico -siento la cabeza como un bombo-, porque el ritmo es trepidante una vez que hemos superado los 2 ó 3 meses de bonanza veraniega.

La mayoría de mis compañeros prefieren hacer el fin de semana entero. Algunos piensan que así se lo quitan de golpe de en medio, otros aprovechan para disfrutar el fin de semana en una segunda residencia, etc. Pero por suerte algunos otros prefieren partirse el fin de semana y en vez de hacer los 2 días de cada 8 semanas, hacer 1 de cada 4. Así que por poco que puedo me las parto, salvo en verano y fines de semana difíciles de cambiar (como puentes, etc). Este fin de semana no lo pude compartir por mi viaje los días anteriores y las diferentes vacaciones que algunos compañeros todavía tenían pendientes, así que lo he trabajado enterito.

En estos primeros días de octubre ya hemos superado la barrera de las 300 visitas diarias, de hecho ayer domingo se superaron los 350 niños. Aunque somos bastantes pediatras, os podéis imaginar a qué ritmo trabajamos -a pesar de la percepción que tiene el que espera y desespera que puede ser bien diferente-. En mi caso, como soy la responsable de la guardia, además de visitar muchos niños (como 40 ó 50 cada día), me encargo de coordinar los turnos, los espacios, de pasar visita en la planta y de dar las altas correspondientes, y de los ingresos que se van produciendo a lo largo del día, así como de contactar con los especialistas y de cualquier otra contingencia que pueda surgir.

Epidemiológicamente hablando, todavía no estamos en la temporada más fuerte para nosotros. Ahora ya hay muchos resfriados y bronquitis, el virus estrella en estos días es el rinovirus (no os perdáis la entrada que hizo mi querido Santi hace unos días sobre ellos). Los más pequeños, que acaban de estrenarse en la guardería empiezan con sus primeras fiebres y con las primeras desesperaciones de sus recientes padres. Pero nuestro enemigo más voraz, el VRS, está por llegar, aunque no creo que se retrase mucho más de un mes a partir de ahora.

En mi casa, para estrenarnos con las "itis" , tenemos a Irene con otitis desde el sábado. Pocos síntomas, pero con sus tímpanos bien a rebosar y su antibiótico al canto. Que todo sea eso.

PD: Ya sé que he puesto la viñeta de Forges mil veces, pero es que no encuentro ninguna que exprese mejor lo que es una salida de guardia...

viernes, 1 de octubre de 2010

Solucionando problemas ético-legales (y II)

No me han sorprendido vuestros comentarios de ayer, no me esperaba menos. Con todas vuestras aportaciones con mayor o menor conocimiento médico-legal y con mayor o menor grado de intuición y sentido común, la solución acaba estando entre vuestras líneas.
En los comentarios se mencionan bastantes aspectos que me resultan muy interesantes como las diferentes edades en las que un adolescente puede ser maduro para consentir relaciones o ser sanitariamente autónomo, la cuestión de quién acompaña en Urgencias a un menor, la idoneidad de la consulta de Urgencias para evaluar el estado de maduración de un menor o la posibilidad de dar al adulto responsable un informe con ciertas modificaciones, entre otras cuestiones.
La verdad es que nuestro caso tuvo una resolución bastante más sencilla de la que quizá esperáis -deseo que no os decepcionéis-, pero inicialmente nos planteó dilemas y por eso lo quise compartir con vosotros ayer.
En primer lugar, la edad de la chica: los 15 años. A partir de los 16 años, el escenario hubiera sido radicalmente diferente porque según la Ley de Autonomía del paciente, a partir de los 16 años se considera a una persona con capacidad para decidir a nivel sanitario. De hecho la formulación de la nueva ley del aborto, considera este dato para incluir el supuesto tan polémico de que a partir de esa edad una menor puede abortar sin el consentimiento de sus padres. Los mayores de 16 años se consideran presuntamente maduros salvo que haya indicios de lo contrario y en su caso habría que informar a los padres sólo en el caso que la decisión de la menor de no informarles la perjudique clínicamente, hecho que a priori no se daría en nuestra paciente.
Como nuestra paciente tiene menos de 16 años, entramos en la condición de que inicialmente no se la considera madura, salvo que demuestre lo contrario. Y obviamente las posibilidades para juzgar de un médico de Urgencias no son las ideales (seguramente una situación diferente de la que se podría encontrar el pediatra o médico de cabecera que conoce a la chica desde hace tiempo y también a su familia y sus circunstancias).
Sobre el menor maduro, conceptos y circunstancias ya escribí aquí hace unos meses.
Algunos otros conceptos con connotaciones ético-legales:
  • Los menores deben ser informados sobre los procedimientos médicos que les atañen y de alguna manera deben consentir
  • Cuando llega un menor de 16 años (inmaduro a priori) solo al servicio de Urgencias hay que avisar a los padres. Si no se les encuentra, debe contactarse con la policía o los cuerpos de seguridad
  • Cuando el menor de 16 años viene acompañado por un mayor de edad que no es quien ejerce la patria potestad (novio, familiar, profesor del colegio, monitor, etc), si el proceso es grave o complejo, debe también avisarse a los padres
  • Y en relación con los menores o con cualquier otro tipo de paciente en Urgencias, los informes no se pueden modificar a posteriori.

Y bien, ¿qué hicimos en primer lugar? Aparte de repasar todos estos conceptos y tener claro que había que darle el informe al padre -el informe era insuficiente para demostrar que se había evaluado que la menor era madura-, hicimos un poco trabajo de detectives. Esto lo hacemos con cierta frecuencia cuando necesitamos información adicional que no queda reflejada en el informe de Urgencias sobre algún caso, por ejemplo cuando tenemos que responder a las reclamaciones. Intentamos contactar con el pediatra o la pediatra que atendió al paciente y el personal de enfermería del turno, para intentar esclarecer en detalle en qué circunstancias se produjo la visita. Una de las primeras preguntas que hicimos era precisamente con quién había ido la chica a Urgencias. Al solicitar el informe el padre en este caso elucubramos que quizá eran unos padres separados en pleno litigio (otra situación que también vivimos con cierta frecuencia), que la chica se había visitado con la madre y que el padre quería saber qué había pasado.

Tirando del hijo de la historia supimos que la chica en realidad había acudido al hospital con el propio padre, que estuvo presente en la visita y al corriente de los hechos y que simplemente habían perdido el informe de alta y lo quería recuperar para ir al ginecólogo.....Respiramos aliviados, pensando que en un caso no tan sencillo posiblemente nos hubiéramos planteado hablar con la chica, intentando que fuera ella quien hablara con sus padres de la situación, no teniendo que quedar de alguna manera -y perdonar la expresión- como chivatos. Aunque en última instancia, y sin acuerdo, legalmente no hubiéramos tenido más remedio que dar una copia al padre, asumiendo el riesgo de perder la confianza de una chica que por lo menos inicialmente había acudido a nosotros para resolver sus problemas.

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