
Mi amigo Cristian es médico. De hecho nos hicimos amigos porque íbamos a la misma clase en la facultad. Creamos un grupo de amigos que ahora anda un poco desmembrado, como suele pasar con el paso de los años. Acabó la carrera, hizo la especialidad de Medicina de Familia en Granada y después decidió cumplir uno de sus sueños: convertirse en médico de los más desfavorecidos haciendo de sí mismo uno de los muchos expatriados que corren por el mundo. Después de formarse en Medicina Tropical se fue a África, donde ha ido dando vueltas por diferentes países y proyectos. Ahora hace un tiempo que está en Mozambique trabajando para el Centro de Investigación en Salud de Manihça, centro dependiente del CRESIB (Centre de investigación en Salud Internacional de Barcelona) que dirige el Dr. Pedro L. Alonso y vinculado al Hospital Clínic de Barcelona. Mientras la lucha contra la malaria es el principal objetivo del centro, mi amigo trabaja día tras día asistiendo a enfermos de muchas otras enfermedades que también diezman la población del lugar, en especial la tuberculosis y de forma mucho más macabra, la infección por VIH.
Conoció a la que ahora es su pareja por esos lares -ella también es cooperante- y recientemente ha nacido su primer hijo, aquí en Barcelona. Él se volvió ayer a Mozambique a continuar con su trabajo y ella con el bebé, si no hay incidencias de última hora, se reunirá con él en unas cuantas semanas.
La labor que realizan me parece admirable y en parte me despierta una cierta envidia, pues en alguna época de mi vida, me hubiera gustado como mínimo probar esa experiencia. Ahora mismo, con mi situación laboral y sobretodo familiar me parece inviable esa posibilidad. No sé si quizá con los años cuando las niñas sean más mayores me anime a algún proyecto de este tipo. Hay médicos que aprovechan sus vacaciones para dedicarse a colaborar puntualmente en países en vías de desarrollo aportando su granito de arena a aliviar las tremendas diferencias norte-sur.
A mi amigo no pude dejar de preguntarle sobre las precauciones que tendrán con el niño una vez estén allí. Pues obviamente no es lo mismo enfermar en Europa que hacerlo en África y los gérmenes a los que uno está expuesto tampoco son iguales. Lo tienen todo bastante planificado y cuentan con la experiencia de unos compañeros que hicieron lo mismo hace un año, aunque puntualmente les asalta la duda y supongo que irán ponderando los riesgos y decidiendo sobre la marcha, quién sabe si quizá repatriarse de nuevo por lo menos de momento. Como véis un hijo cambia la trayectoria de lo que era tu vida radicalmente, o por lo menos te lo acabas planteando en otros términos.
Si algún día me da por probar la cooperación optaría seguramente por dos de las siguientes opciones. Una sería en el Hospital de Lunsar en Sierra Leona, con quien el Hospital Sant Joan de Déu está hermanado y a quién éste último ofrece soporte económico y técnico. De hecho el hospital va enviando periódicamente pediatras y enfermeras que quieren colaborar en el proyecto. Y la otra opción sería colaborar con la obra social de mi propio hospital, que sostiene económicamente un centro para niños desnutridos que está en la zona de Petén, en Guatemala. Ambas obras solidarias reciben donativos de muchas personas anónimas, gracias a las cuales pueden mantener el trabajo en la zona
Si os interesan estos temas y los datos sobre las infancias más desfavorecidas, no dejéis de pasaros por el blog de Rubén, Hijos de Eva y Adán















